Historia Conventual

phpthumb_generated_thumbnailjpg-15
T

arazona es una localidad con un patrimonio conventual muy interesante, una de las pocas de España en conservar siete de sus ocho conventos con sus correspondientes iglesias (había 5 instituciones masculinas y 3 femeninas). Por tanto, tiene un legado conventual cuantioso de gran calidad, y que además se encuentra en buen estado de conservación.

Se podría decir que la clausura surge con las figuras de los eremitas en torno a los siglos III y IV, unos monjes solitarios que renunciaron a las comodidades para vivir en pobreza y soledad. Tal y como haría San Atilano, patrono de Tarazona, en su retiro a las cuevas de la localidad vecina de Los Fayos.

A partir de este momento irán surgiendo diversos núcleos u órdenes religiosas autosuficientes (producían todo aquello que consumían, por lo que también son centros de producción), con algunas diferencias claramente identificables entre sí, y que poco a poco se irán extendiendo por todo el mundo.

Tarazona, ciudad perteneciente al reino de Aragón, tiene una ubicación próxima los reinos de Castilla, La Rioja y Navarra. Esa situación estratégica, unida a su condición de sede episcopal, y a la política expansiva de las órdenes religiosas, podría explicar tal abundancia de órdenes en la ciudad. A pesar de que las parroquias urbanas se opusieran a su asentamiento, ya que ofertaban mejores condiciones espirituales en cuanto al enterramiento de los fieles y les hacían perder una gran fuente de ingresos, el resto de condiciones fueron propicias para su proliferación.

Aunque durante la Edad Media sólo había dos comunidades de frailes mendicantes; franciscanos y mercedarios; traspasado el umbral de la Edad Moderna se constituyen seis nuevos conventos y Tarazona se convierte en una verdadera ciudad-convento. Esto se debe a que con el Concilio de Trento (1545-1563) se produjeron cambios importantes en los usos fundacionales de los nuevos conventos. Surge la figura del patrón o fundador, aquel que  financia la construcción del convento con diversos propósitos: expresar la piedad religiosa o la búsqueda de la salvación de las almas, elección de un lugar de enterramiento para él y su familia, prioridad de la familia para ingresar en ellos, y anhelo de prestigio personal y social. Esto supone un gran cambio respecto a la época medieval, momento en el que las propias órdenes religiosas eran las que costeaban sus asentamientos gracias a la recaudación de limosnas.

En la Edad Media y en la Edad Moderna las clausuras ejercían una importante labor social, en un mundo en el que la religiosidad estaba muy ligada a la vida cotidiana. A finales del s. XVIII el 4,4% de los habitantes de Tarazona formaban parte del estamento clerical, una cifra que casi duplica la media nacional. Ingresaban en ellos por diversas causas: por vocación, por necesidad, para tener acceso a la cultura y alfabetización,  para garantizar la honestidad o castidad, por no encontrar un pretendiente adecuado para el casamiento, lugares de refugio de matrimonios de conveniencia, por la propia integración social de la mujer (ya que ser monja daba el mismo estatus social que ser una mujer casada), para escapar de la tutela paterna,…

En la mayoría de los casos los conventos se situaban a extramuros de la ciudad, en lugares estratégicos, donde había más afluencia de personas y más espacio para construir a menor precio. De este modo se creaba una primera imagen de la ciudad para los viajeros que llegaban a la misma; los Franciscanos se encontraban en las inmediaciones de la carretera de Zaragoza, las Concepcionistas en las inmediaciones del barrio del Cinto, los Capuchinos en la carretera de Tudela, las Carmelitas Descalzas de Santa Ana en la de Borja, y los Carmelitos próximos a la carretera de Cervera. Por otro lado, otros se situaban en el núcleo de la ciudad, como es el caso de los mercedarios y los jesuitas, para poder llevar a cabo su labor docente o caritativa, ya que su actividad requería un contacto más directo con el pueblo.

La Desamortización de 1835 supuso la exclaustración de las comunidades de frailes, y la expropiación y subasta de los bienes de la Iglesia y las órdenes religiosas. Esto derivó en la dispersión de parte del patrimonio histórico-artístico que poseían los conventos. El Ayuntamiento intentó hacerse con todas las propiedades conventuales de las comunidades masculinas que con el tiempo pasaron a depender de distintas instituciones. Las iglesias mantuvieron el culto, sin embargo, las dependencias conventuales fueron destinadas a usos diversos. Esto no afectó a los cenobios femeninos, ya que un Real Decreto de 1836 sólo eliminaba los conventos que albergaban menos de 12 religiosas, y éstos tenían un número mayor de religiosas. A pesar de que la misma orden establecía que no debía haber más de un convento de la misma orden, en Tarazona había dos de la orden de Carmelitas Descalzas, ninguna de ellas fue disuelta. A pesar de ello, estas comunidades no quedaron exentas de pagar los bienes raíces, rentas, derechos y acciones aplicados a la caja de Amortización, para la extinción de la deuda pública, algo que derivó en una pérdida del patrimonio de estos conventos femeninos.

Fue en el s. XX cuando comenzó a cerrarse la historia de la clausura turiasonense, debido al envejecimiento de las religiosas y la escasez de vocaciones. Las monjas tuvieron que trasladarse a otros conventos de otras ciudades, y lo hicieron con sus bienes muebles, documentales y bibliográficos.

Esto desembocó en la pérdida y dispersión de parte importante del patrimonio material e inmaterial (la tradición oral que pasaba de generación en generación entre los miembros de una orden religiosa, como celebraciones litúrgicas, fiestas devocionales, el recuerdo de aquellos que ayudaron a su comunidad, la procedencia y dote de fundadores…).

En la actualidad, la vida conventual corre el peligro de caer en el olvido, por eso hay que ponerla en valor. Por ello la Fundación Tarazona Monumental ha diseñado una Ruta turística de la Historia Conventual que recorre los conventos y sus iglesias. 

1.EX CONVENTO DE SAN FRANCISCO:

En la actual calle Iglesias, muy cerca de la catedral, se sitúa la primera fundación conventual turiasonense. Se trata del convento de San Francisco de Asís que, según la tradición, el propio santo llevó a cabo durante su camino de peregrinación hacia Santiago de Compostela en 1214. En ese momento, el obispo y el cabildo catedralicio le habían donado la ermita de San Martín de las Eras, ubicada cerca de la Seo pero extramuros de la ciudad, para que sirviera de oratorio a la comunidad inicial. Sin embargo, sólo podemos asegurar que en 1270 la fundación franciscana ya era efectiva. La fecha de 1214 sería muy temprana teniendo en cuenta que la orden mendicante fue fundada en el año 1209.

Su práctica estaba basada en un desprendimiento de lo material y en la predicación con el ejemplo. Su simplicidad y espiritualidad permitía un acercamiento más próximo al pueblo llano. Gracias a los donativos, a cambio de permitir enterramientos en sus iglesias y la disposición de altares devocionales, se pudo mejorar en modo de vida en la casa franciscana. Fue una práctica mal tolerada por el clero secular, ya que con ello perdía una gran fuente de ingresos.

La iglesia primitiva, edificada en el primer tercio del siglo XIV y renovada entre 1523 y 1542, constaba de una nave de dimensiones similares a la actual, con capillas entre los contrafuertes en el lado del Evangelio que ganarían en profundidad décadas más tarde. Las del lado de la Epístola abrían en origen al claustro. Estas capillas se convirtieron en seguida en panteones para familias de la burguesía local, comerciantes y artesanos acaudalados.

Algunas hermandades religiosas y gremiales contribuyeron con sus donativos a mejorar la vida en la casa franciscana recibiendo, a cambio, permiso para erigir sus altares devocionales y disponer de lugar de enterramiento para sus cofrades, como fue el caso de la cofradía de San Francisco, la de Nuestra Señora de la Piedad, la de Santa María del oficio de mercaderes, la de la Venerable Orden Tercera o la de la Vera Cruz, vinculadas estas últimas a las procesiones penitenciales de Semana Santa.

Durante el Renacimiento y el Barroco el convento continuó transformándose y ampliándose gracias a bienhechores que sufragaron nuevas obras, entre las que cabe destacar la capilla de Nuestra Señora de la Piedad, lugar habitual de reunión de la comunidad franciscana, levantado en dos fases, la primera a mediados del siglo XV y la segunda en 1533, o el trasagrario, construido entre 1630 y 1632 a expensas del turiasonense Lucas Pérez Manrique, Justicia de Aragón. El trasagrario es un espacio cuadrangular dispuesto tras el altar mayor cubierto con una cúpula decorada con yeserías de pervivencia mudéjar.

A mediados del siglo XVII, en estrecha conexión con este ámbito se procedió a sustituir el viejo retablo mayor por una espectacular máquina de escultura presidida por las imágenes de la Inmaculada Concepción y de San Francisco. El resto de las casas del retablo están ocupadas por los principales santos de la Orden. En la parroquia de la localidad madrileña de Arganda del Rey se conserva desde 1943 el antiguo retablo mayor del desaparecido convento de San Francisco de Calatayud, similar en muchos aspectos al de Tarazona. Por ello, es obvio que ambas máquinas se deben al mismo artífice o taller y que la primera en ejecutarse serviría de modelo a la segunda.

Adosado al lado sur de la iglesia se levanta el humilde claustro del convento. Se compone por un piso bajo de época medieval y una planta alta de los años finales del siglo XVI que daría servicio a las dependencias conventuales. En la planta baja se abren algunas capillas de los siglos XV y XVI, cuya decoración mural ha sido recientemente recuperada por el Instituto de Patrimonio Cultural Español, sacando a la luz una valiosa serie de pinturas murales de diferentes momentos históricos que abarcan un arco cronológico comprendido entre una fecha próxima a 1425 y mediados del siglo XVIII. En este lugar, según la tradición, Francisco Jiménez de Cisneros, confesor de Isabel “la Católica” y también franciscano, habría sido consagrado como arzobispo de la sede primada de Toledo el 11 de octubre de 1495, coincidiendo con la presencia en la ciudad de los monarcas para presidir las Cortes del reino de Aragón de dicho año.

Tras la Desamortización de 1835, el Ayuntamiento de Tarazona se hizo con la propiedad del conjunto religioso, e instaló en las dependencias conventuales el hospital municipal del Sancti Spiritus, modificando para ello algunos espacios. A mediados del siglo XX se demolieron la mayoría de las salas y parte de las capillas claustrales como consecuencia de la ampliación de la fábrica Textil Tarazona S.A. que quedaría adosada al recinto religioso. A partir de 1983 el claustro y la iglesia quedaron en poder de la parroquia, y las capillas de la zona de los pies del templo, la antigua librería y las construcciones de la fachada exterior pasaron a manos del Ministerio de Cultura y Educación, y se convirtió en Sede de la Escuela de Idiomas de Tarazona.

Durante los años que ha durado la restauración de la Seo turiasonense, la iglesia de San Francisco ha actuado como catedral sustitutoria.

 

2. CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED:

La Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos, más conocida como orden de la Merced, fue fundada por San Pedro Nolasco el 10 de agosto del año 1218, en Barcelona, con el apoyo del rey Jaime de Aragón y del obispo Berenguer de Palou. Profesa las reglas de San Agustín, su única labor era la redención, y vivían con un ideal de extrema pobreza. Se encargaban de recaudar limosnas para poder sufragar la liberación de prisioneros cristianos en tierras musulmanas. Su escudo, elemento identitario de la orden,  muestra su compromiso con la libertad. En él aparece  una cruz blanca en la parte superior (símbolo de inocencia y pureza), y en la parte inferior barras rojas (símbolo del amor y la caridad), y amarillas (en representación de la benignidad y la nobleza).

Desde 1221 varios frailes mercedarios se encontraban en Tarazona recogiendo limosnas para la redención de cautivos cristianos en tierras musulmanas. Aunque no fue hasta 1300 cuando fundaron su cenobio de la Orden de Nuestra Señora de la Merced. Como su principal preocupación era promover esta labor redentora, recorrieron diferentes enclaves urbanos hasta que en el siglo XV el Obispado les cedió parte del solar de la antigua parroquia de Santa Cruz del Rebate –desaparecida en el último tercio del siglo XIV, durante la Guerra de los Dos Pedros–, junto a la plaza del Mercado, centro neurálgico de la vida económica y social, ya que su actividad requería un contacto directo con el pueblo.

A partir de distintas fuentes documentales sabemos que el templo primitivo contaba con un retablo llevado a cabo por el pintor Jerónimo Vallejo Cósida en 1545 y que la imagen titular estaba dedicada a Nuestra Señora de la Merced.

A pesar de las estrecheces que debía presentar el templo medieval, los turiasonenses no dejaban de establecer lazos religiosos con los frailes. De hecho, al menos desde el siglo XVI varias cofradías buscaron sede allí creando sus propios altares: la de Nuestra Señora de los Dolores, congregación eminentemente religiosa; la de San Crispín y San Crispiniano, del gremio de zapateros; la de San Eloy, de los plateros; la de los Santos Cosme y Damián, de médicos, cirujanos y boticarios; la de la Virgen de las Nieves, de tejedores de lienzos; y la de la Santísima Cruz, de los mancebos pelaires. Asimismo, ya en la década de 1620 está documentada la presencia de la magnífica escultura del Santo Cristo del Rebate en la capilla llamada de la Santa Cruz o de la Resurrección de la iglesia mercedaria, imagen fechada en los últimos años del Quinientos y relacionada con la obra del discípulo del escultor Juan de Anchieta, Pedro González de San Pedro.

A finales del siglo XVI, los mercedarios comenzaron a encontrarse incómodos con su pequeño edificio e iglesia conventuales, por lo que pidieron ayuda al concejo para renovarlos. Una vez que la autoridad municipal dio su aprobación empezaron a adquirir las casas que lindaban con sus propiedades para iniciar, con el respaldo económico de familias tan influyentes como la de los Conchillos, la edificación de un nuevo templo. En 1629 firmaron el contrato para su construcción con el maestro de obras vecino de Vera de Moncayo Jerónimo Baquero y diez años más tarde ya se había concluido.

La fábrica que hoy podemos contemplar reúne las características de los templos conventuales prototípicos de la arquitectura clasicista desarrollada en nuestro país entre 1575 y 1650. Se trata de un espacio de planta de cruz latina con capillas entre los contrafuertes, cubierto con bóveda de cañón con lunetos, cabecera plana y coro alto a los pies. La cúpula sobre tambor que cubre el tramo central del crucero, levantada en el siglo XVIII, substituye a la media naranja ciega original.

Por su parte, la fachada está inspirada en los modelos arquitectónicos del italiano Andrea Palladio. La preside una portada cuya decoración pertenece igualmente al más puro vocabulario clasicista. En ella destaca la imagen de Nuestra Señora de la Merced representada como la Virgen de la Misericordia que abre su manto para proteger a la cristiandad.

En el interior del templo la pieza de más calidad es el retablo mayor. Fue erigido entre 1734 y 1737 por el hermano lego de la Orden y escultor fray Pedro Puey Esponera. Esta magnífica obra sigue muy de cerca las particularidades artísticas del arquitecto y escultor José Benito de Churriguera y refleja un programa iconográfico totalmente mercedario en el que figuran sus principales religiosos como el fundador, San Pedro Nolasco, que preside el ático, rodeado por Santa María de Cervellón, la Beata Mariana de Jesús, y los Venerables fray Juan de Granada y fray Gonzalo Díaz de Amarante. San Ramón Nonato y San Pedro Armengol, a la izquierda, y San Pedro Pascual y San Serapio, a la derecha, flanquean el grupo de la Virgen en el cuerpo.

En el crucero, dos pequeños retablos, también churriguerescos datables entre 1680 y 1690, sirven de marco a sendos óleos sobre lienzo que representan las visiones celestiales de San Pedro Nolasco y San Ramón Nonato, uno de los santos más importantes de la Orden de la Merced.

Hasta 1717 los frailes no pudieron abordar la renovación de las dependencias conventuales. Configuran un edificio de apreciables dimensiones cuya planta irregular está condicionada por el solar en el que se ubica. Consta de cuatro plantas cuyas fachadas alternan ventanas con balcones adintelados. Su portada principal se alinea con la de la iglesia y está compuesta por un arco de medio punto rematado por una hornacina con la imagen de San Pedro Nolasco, todo decorado con motivos típicos del Barroco.

Tras la desamortización del ministro Mendizábal de 1835, este inmueble pasó a ser propiedad municipal y albergó muy diversos usos –escuelas, mercado, viviendas…–, hasta que en 1988 se convirtió en la sede del Centro de Profesores y Recursos y del Conservatorio Superior de Música dedicado a Raquel Meller, actriz y tonadillera nacida en Tarazona en 1888.

 

3. CONVENTO DE LA CONCEPCIÓN DE NUESTRA SEÑORA:

Tarazona hubo de esperar hasta 1546 para disponer de un convento femenino en el que pudieran profesar las hijas de las familias nobles y burguesas, evitando así que éstas tuvieran que alejarse de su entorno para entrar en religión. Este primer cenobio de franciscanas descalzas, bajo la advocación de la Concepción de Nuestra Señora, fue promovido por las autoridades municipales durante el episcopado del cardenal Hércules Gonzaga (1536-1546), aunque fue su sucesor, Juan González de Munébrega (1547-1567), quien sufragó sus edificaciones más importantes. De hecho, financió la construcción de la iglesia, donde pensaba enterrarse, si bien más tarde desechó esta idea.

El pequeño campanario, fue erigido en 1557 sobre uno de los torreones circulares de la muralla medieval. Tiene planta cuadrada, y se divide en tres cuerpos, siendo el último como remate de planta octogonal. Se organiza toda la torre con vanos de medio punto, dientes de sierra, cornisas en relieve, y casetones que encierran cerámica vidriada. Ésta aparece también en dos vanos ciegos a ambos lados de la ventana del segundo cuerpo. Su arquitectura es fiel reflejo de las tradiciones constructivas y ornamentales mudéjares, que pervivieron en Aragón en este tipo de construcciones hasta bien entrado el siglo XVII, siendo el cuerpo superior de la torre de obra barroca del siglo XVII. El templo consta de una nave sin capillas cubierta por una espectacular bóveda de crucería estrellada que exhibe en los florones las divisas de González de Munébrega. Las yeserías mudéjares del coro alto de la iglesia, fueron declaradas Bien Catalogado del Patrimonio Cultural Aragonés el 24 de octubre de 2002.

El primitivo retablo titular costeado también por el obispo González de Munébrega, fue reemplazado hacia 1757, a expensas de doña María Rosa Fernández de Córdoba, por una efectista máquina barroca de escultura obra del zaragozano José Ramírez de Arellano. Los dos retablos laterales dedicados a San Agustín, y a San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán, fueron realizados con mazonería del siglo XVI que con toda probabilidad corresponda al retablo mayor primigenio y que dada su factura y el período, podría ser obra del italiano Pietro Morone. Los lienzos titulares de gran formato son del siglo XVII, y destacan las pinturas del ático del siglo XVIII y obra de José Luzán. A los pies de la iglesia, próximo al coro bajo, un retablo moderno del s. XX acoge una imagen de Santa Beatriz de Silva.
En el año 2001, momento en el que las hermanas de clausura de este convento se vieron obligadas a cerrar sus puertas y marcharse a Peñaranda de Duero, la imagen se cedió al Convento de Estella para que la llevaran a sus misiones de la India. Pero, siendo que esta imagen no llegó a ir nunca a la India y que seguía en el Convento de Estella, las hermanas de Peñaranda solicitaron a la congregación de Estella la devolución de la pieza a Tarazona para que este retablo luciera completo.

El edificio ha planteado serios problemas de conservación a lo largo de su historia. En 1880 gran parte del convento se hundió, y fue reconstruido en la década de 1920. Debido a su mal estado, las religiosas que residían allí  fueron acogidas en la Convento de la Concepción de la localidad vecina de Ágreda. Cuando regresaron al convento, tuvieron que vender gran parte de sus bienes muebles, ya que debido a los gastos que estaba suponiendo la reforma la comunidad no tenía suficiente dinero para su subsistencia. En la actualidad el huerto y el convento han pasado a manos de particulares, mientras que la iglesia pertenece al obispado.

 

4. CONVENTO DE SAN VICENTE MÁRTIR:

La Orden Jesuita llegó a Tarazona en 1568, ciudad que interesaba porque era un enclave importante para la política expansiva de la orden. Sin embargo, hasta octubre de 1591 el general de la Compañía de Jesús no aceptó de manera formal su constitución. El fundador fue el obispo Pedro Cerbuna, aunque el verdadero promotor se podría decir que fue Antonio Carnicer, proveniente de una familia de mercaderes. Fue obligado a contraer nupcias con Jerónima Beratón, pero como ésta falleció poco después de dar a luz a su primer hijo,  Carnicer se ordenó sacerdote. Poco antes de su muerte dejó en conocimiento su intención por establecer una fundación de esta orden en la ciudad, algo que terminará llevando a cabo el Obispo Pedro Cerbuna. A su llegada a esta ciudad  se asentaron en viviendas particulares, que fueron acondicionando poco a poco para poder cumplir su labor ministerial, docente y salubre.

El colegio definitivo se dedicó a San Vicente mártir y se realizó entre 1599-1766, en un inmueble de los herederos de Hernando Conchillos. Situado muy cerca de la plaza Mayor o del Mercado, su ubicación justo detrás del convento de los mercedarios hizo que éstos expusieran al consistorio quejas relacionadas con la distancia que debían mantener los emplazamientos de unas instituciones religiosas con otras. Pero la labor docente de los jesuítas requería el contacto con la población y por lo tanto estas quejas no tuvieron éxito.

Desde los años finales del siglo XVI y hasta la segunda mitad del siglo XVIII, el Colegio de San Vicente mártir cumplió un papel trascendental en la educación de los vástagos de las principales familias de la comarca. Fueron los encargados de enseñar primeras letras, gramática, filosofía y moral a los alumnos que anualmente acudían a sus aulas.

Hay constancia de que había un templo provisional, hasta que en 1639 se aprobó la construcción de una nueva iglesia, que será realizada entre 1643-1651. El templo responde al vocabulario clasicista que tan bien había funcionado en otras órdenes religiosas, como la de Nuestra Señora de la Merced y, sobre todo, la del Carmen descalzo. No obstante, en este caso este lenguaje constructivo se empleó con cierto retraso ya que cuando se edificó las propuestas en arquitectura en el resto del país estaban plenamente barroquizadas. Esta demora se debió a que los seguidores de San Ignacio sólo percibían los donativos suficientes para adecentar su iglesia provisional y no para abordar la fábrica de una nueva.

Dispone de una nave con capillas entre los contrafuertes que se cubre mediante bóveda de cañón con lunetos, crucero con cúpula sobre tambor, cabecera plana y coro alto a los pies. Preside el templo un gran retablo dedicado al santo titular compuesto por sotabanco, y banco, cuerpo y ático de tres calles. Concebido entre 1595 y 1600 por Miguel de Zay y Juan Miguel Orliens para ocupar el presbiterio de la iglesia del Colegio de la Compañía de Jesús dedicado a la Inmaculada Concepción de Zaragoza, fue sustituido por un nuevo retablo rococó, trasladándose a Tarazona en 1725. La imagen titular, así como las columnas salomónicas, corresponde a una reforma realizada en el segundo tercio del siglo XVII, y en el año 1951 el sotabanco y el banco fueron reformados por los hermanos Albareda de Zaragoza.

Del resto de bienes muebles de esta iglesia merece la pena que nos detengamos en los retablos de los brazos del crucero, ambos barrocos del siglo XVIII y dedicados a los dos santos más importantes de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, en el lado del Evangelio, y San Francisco Javier, en el de la Epístola. También en el crucero se ubican dos de los lienzos más interesantes: el primero, que representa a San Vicente mártir, de los primeros años del siglo XVII, y el segundo, en el que vemos a San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola ante el Niño Jesús con la Virgen, Santa Ana, San José y San Joaquín firmado por BERNARDINUS BALDUINUS. Asimismo, debemos destacar el retablo de mediados del siglo XVII ubicado en la capilla dedicada al patrón de la ciudad, San Atilano.

Los Jesuitas fueron expulsados de los dominios españoles por su apoyo al Motín de Esquilache, y por miedo a que ejercieran su gran influencia sobre la sociedad. De Tarazona se marcharon por Mandato Real en el año 1767, y desde entonces los fondos de su biblioteca se conservan en el archivo de la Diócesis de Tarazona. El inmueble fue expropiado, y después de varios años parado, se convirtió en una casa de misericordia u hospicio, y actualmente residencia de ancianos (Hogar Doz). Se han realizado numerosas obras de ampliación y reforma que han acabado con su aspecto primigenio.

Baltasar Gracián y Morales fue un jesuitaescritor español del Siglo de Oro que cultivó la prosa didáctica y filosófica. Entre sus obras destaca El Criticón, que constituye una de las novelas más importantes de la literatura española, comparable por su calidad al Quijote o La Celestina. Es considerado precursor del existencialismo y de la postmodernidad, influyendo notablemente en el pensamiento y en la literatura. En abril de 1658 fue enviado a desempeñar varios cargos menores al colegio de Tarazona. Aquí falleció el 6 de diciembre de 1658, siendo con toda probabilidad enterrado en la fosa común del colegio.

 

5. CONVENTO DE SAN JOSÉ:

En el antiguo camino hacia Tudela, se estableció en 1599 el convento de la orden de los Capuchinos dedicado a San José. Fue el segundo convento más antiguo de esta orden en Aragón. Pertenecen a una rama de la Orden de Hermanos Menores fundada por San Francisco de Asís, que en el siglo XVI se separó de la Observancia buscando una vivencia más estricta y fiel a la Regla.

El convento sufrió mucho durante la Guerra de la Independencia, ya que se convirtió en un auténtico fuerte militar por su posición a las afueras de la ciudad.  Los frailes ante esta ocupación se tuvieron que trasladas a otra comunidad en Alcañiz (Teruel). Regresaron en el año 1836, y tuvieron que rehabilitar el edificio por las continuas destrucciones que había padecido. Finalmente, fue abandonado a causa de la Guerra de Sucesión a principios del s. XVIII.

En la actualidad no se conserva nada del edificio, ya que debido a su mal estado tuvo que ser demolido en 1953. Pero se conoce su ubicación, hay archivos gráficos y documentación que lo describe, y queda constancia de la importancia de esta comunidad entre sus gentes. Además da nombre a la calle en la que se ubicaba C/ Capuchinos, y a la barriada de casas unifamiliares construidas a mediados del siglo XX en el solar que ocupó, el Barrio de Capuchinos. También podemos encontrar un mural con un dibujo de cómo sería el convento en el Parque de la Rudiana, muy cerca de su emplazamiento original.

 

6. CONVENTO DE SANTA ANA:

La Orden del Carmen descalzo dedicó su convento a Santa Ana. Fundado y dotado por el obispo fray Diego de Yepes en 1599, que lo eligió como lugar de enterramiento. Al margen de su condición de monje jerónimo, fray Diego de Yepes profesó un gran aprecio por la Orden del Carmelo descalzo. Atendió como confesor a Santa Teresa de Jesús a la que prometió que erigiría un cenobio de su religión. Por ello, la primera acción que fray Diego llevó a cabo como obispo de Tarazona (1599-1613) fue poner en marcha la fundación de una clausura carmelitana. Para ello se hizo con un solar muy extenso, entre Ntra. Sra. La Blanca y San Salvador, extramuros de la ciudad.

Allí se comenzó la fábrica, el 5 de marzo de 1601, que ha sido muy modificada con el paso del tiempo. Siete monjas se trasladaron desde diferentes conventos de Castilla para habitar el turiasonense, aunque mientras se concluía la edificación tuvieron que residir en el Palacio Episcopal. Finalmente, el 26 de julio de 1603, festividad de Santa Ana, las religiosas entraron al nuevo convento junto con otras siete monjas procedentes de familias destacadas de la ciudad.

El conjunto arquitectónico refleja a la perfección las características que esta Orden intentaba plasmar desde 1600 en todos sus asentamientos de nueva planta, basadas en templos y claustros muy sencillos, con unas dimensiones muy determinadas, en los que predominan la austeridad, la pequeñez y la pobreza. La iglesia, levantada por el maestro de obras Juan González de Tudela, consta de una sola nave de tres tramos sin capillas, crucero acusado en planta y cerrado por una media naranja ciega, cabecera plana y coro alto a los pies. La nave está cubierta por una bóveda de cañón con lunetos decorada por yeserías de pervivencia mudéjar que confieren a la iglesia un aspecto de cierta riqueza y que fueron declaradas Bien Catalogado del Patrimonio Cultural Aragonés el 5 de noviembre de 2002. Está presidido por un retablo dedicado a Santa Ana, la Virgen y el Niño fechado a mediados del siglo XVIII, igual que los colaterales, que sustituyen a los primitivos ensamblados por Juan de Berganzo y dorados por Francisco Metelín y Juan de Varáiz, de los que se conservan algunos vestigios.

Debido al abandono progresivo de los conventos, al envejecimiento de las religiosas, y la falta de vocación, las carmelitas descalzas de Santa Ana se vieron obligadas a abandonar Tarazona en julio de 2009 y a trasladarse al convento de Alquerías del Niño Perdido (Castellón). Fueron las últimas religiosas en salir de la ciudad, y el último convento en cerrar.

 

7. CONVENTO DE SAN JOAQUÍN:

Entre el convento de Santa Ana y la Catedral, encontramos el convento de carmelitas descalzas de San Joaquín, fundado en 1632. Durante el pontificado de Martín Terrer de Valenzuela (1614-1628) comenzó el recurso de ocho monjas de Santa Ana a la Santa Sede alegando que ya no deseaban que su casa siguiera sujeta a la Orden carmelitana, sino al ordinario diocesano. Finalmente, tras ocho años de pleitos, se autorizó la creación de un nuevo convento que acogiera a este pequeño grupo de religiosas. Tanto el obispo como el cabildo catedralicio y el concejo apoyaron a las monjas en su pretensión.

Año y medio después, bajo el mandato de Baltasar Navarro de Arroytia (1631-1642), se constituyó el convento de carmelitas descalzas de San Joaquín. En primer lugar, alquilaron unas casas de la familia Mur situadas en la actual calle San Antón. Para habitarlas se solicitó el traslado de dos religiosas del convento de Santa Teresa de Zaragoza. Esta designación no fue casual ya que nueve años antes se había producido una situación similar en la capital aragonesa con esta institución, creada por el notario Diego Fecet. El 22 de octubre de 1632 se trasladaban a la nueva fundación las monjas que comenzaron el recurso.

El cenobio tuvo varios bienhechores que contribuyeron a su construcción y dotación. Entre ellos cabe destacar a Gaspar Gil, obispo de Vic, a Diego Antonio Francés de Urrutigoiti, deán de la catedral y futuro obispo de Tarazona, y al matrimonio compuesto por Hipólita Agustín y Francisco de Angulo. Esta pareja, tras quince años juntos y sin descendencia, decidieron entrar en religión. Él ingresó como capuchino en el desaparecido convento de San José y ella, junto con su sobrina Esperanza, lo hicieron en San Joaquín llevando todas sus rentas.

La iglesia sigue el modelo arquitectónico empleado en Santa Ana. Resultando de gran interés la fachada clasicista presidida por San José, y el retablo mayor del tercer cuarto del siglo XVII en cuyos lienzos se quiere ver la mano del pintor del barroco zaragozano Francisco del Plano. Las dependencias conventuales, adosadas al templo por el lado de la Epístola, se distribuyen en torno a un pequeño claustro cuadrado de dos plantas concluido en 1715.

Fue la primera clausura turiasonense en extinguirse, ya que en el año 1995 el escaso número de hermanas que quedaban se agregaron a la comunidad de San José de Zaragoza. Su iglesia pertenece desde entonces al Obispado y el claustro y las dependencias anexas fueron adquiridos por el consistorio turiasonense a finales del año 2001.

 

8. CONVENTO DE SANTA TERESA DE JESÚS:

El último convento turiasonense se emplaza en la calle Caldenoguea, a las afueras de la ciudad. Pertenece también a la Orden del Carmen descalzo, como los conventos de Santa Ana y San Joaquín, pero esta es una fundación masculina a diferencia de los anteriores. Dedicado a Santa Teresa de Jesús, actualmente es conocido como “El Carmen”.

Esta comunidad, a pesar de disponer de los fondos necesarios para su fundación, tuvieron dificultades para poder asentarse en la ciudad, puesto que su petición para ello fue denegada en 1650. Por ello, en esas fechas,  se trasladaron a la localidad vecina de Novallas. Poco a poco se fueron acercando a Tarazona, hasta que en el año 1680, el obispo Diego Antonio Francés de Urrutigoiti, consintió la fundación de un convento de esta orden. Para ello les donó unas casas en el Barrio del Cinto, donde permanecieron hasta 1700, momento en el que inauguraron su cenobrio.

La fachada de la iglesia corresponde a la tipología desarrollada a principios del siglo XVII por el arquitecto carmelita fray Alberto de la Madre de Dios en el Real Convento de la Encarnación de Madrid. Consta de un rectángulo rematado por un frontón triangular con una portada compuesta por un tripórtico, aunque en Tarazona los vanos laterales son ventanas y no puertas como en el modelo original, anomalía fruto de una reforma llevada a cabo en fecha reciente. Sobre la portada se dispone un nicho que cobija la imagen de Nuestra Señora del Carmen encima del cual se sitúa el espejo que ilumina el coro y el escudo de la Orden. El interior de la iglesia consta de una nave de cuatro tramos con capillas entre los contrafuertes comunicadas entre sí y cubiertas, respectivamente, con bóveda de cañón con lunetos y de arista. Cuenta con crucero acusado en planta y dotado de cúpula sobre tambor, cabecera plana y coro alto a los pies. Todo ello presenta una profusa decoración a base de pinturas murales de la primera mitad del siglo XVIII. El altar mayor está presidido por un gran retablo escultórico, dorado y policromado bajo la advocación de la Exaltación de Santa Teresa de Jesús, titular del cenobio, de mediados del siglo XVIII. Ésta es también la datación de la mayoría de los retablos que ocupan las capillas laterales. Entre ellos debemos destacar los colaterales, dedicados a San Juan de la Cruz, en el lado del Evangelio, y a San Simón Stock, en el de la Epístola, así como el de San José y el de la Piedad en las naves laterales.

Tras la Desamortización de 1835 se abandonó. A pesar de los intentos del Ayuntamiento por hacerse con todas las propiedades conventuales de la ciudad fue adquirido por D. Pascasio Lizarbe, para convertirlo en una fábrica de fósforos muy importante a nivel nacional. Los frailes carmelitas fueron los únicos que regresaron a su cenobio tras la desamortización, a pesar de que las antiguas salas se habían convertido ya en una fábrica de fósforos. Por esta razón, en noviembre de 1915 tuvieron que levantar en torno a la iglesia una humilde casa en la que vivirían durante 58 años hasta el cierre definitivo del cenobrio en 1973.

Buena parte de su claustro, la antigua sala capitular y otras dependencias conventuales quedaron embutidas en las edificaciones industriales. En la actualidad, la iglesia mantiene todavía su culto, muy arraigado entre los turiasonenses, aunque desde la década de 1980 ya no tiene rango de parroquia.

Comienza a escribir y pulsa enter para buscar

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies